En una de las escenas
claves de la película "Niños del
Hombre" (Alfonso Cuarón, 2006), el
personaje interpretado por Clive Owen, Theo, visita a un amigo en la
Estación Eléctrica
de Battersea, la cual ahora es una combinación entre un edificio
gubernamental
y una colección privada. Tesoros culturales - el David de Miguel
Angel, el Guernica
de Picasso, el cerdo inflable de Pink Floyd - se encuentran siendo
preservados
en un edificio que es, en sí mismo, un restaurado artefacto[1]heredado. Este es nuestro unico y
fugaz vistazo a las vidas de la elite, detenida frente de los efectos de
una
catástrofe que ha causado la esterilidad masiva: ningún niño ha nacido
por una
generación. Theo pregunta, "como puede ser que todo esto importe si no
va a
haber nadie que lo pueda ver?". La cohartada ya no pueden ser las
futuras
generaciones desde el momento en que no va a haber ninguna. La repuesta
es
hedonismo nihilista: "Trato de no pensar en eso".
Estaba mirando la lista de los 200 mejores discos de la década de Pitchfork.
Y noté algo extraño sobre el top 10. Es obvio que hay un límite en lo
que se puede leer en una encuesta de críticos. Pero Pitchfork es una de
las pocas instituciones que puede decirse que resulta influyente, en
términos del material que cubre y de los juicios que formula. Pitchfork
a la vez lidera y refleja a un público que es sustancial y sin embargo
relativamente definido. Podríamos llamarlo “post-indie”,
lo que significa que Pitchfork es lo más cercano, en la era moderna, al
NME de los años posteriores al punk (cuando su perspectiva era
distintivamente rockera pero con una apertura a música situada por
fuera de este esquema, desde el reggae al disco, pasando por el funk,
África y el jazz). Los participantes en la encuesta –el staff de
Pitchfork- son personas que pasan muchísimo tiempo escuchando de forma
intensa un rango realmente amplio de música. Así que parece improbable
que su evaluación colectiva de lo que resultó importante en la última
década esté privada de significancia. Y, en todo caso, en función de
abrir el debate, voy a avanzar tomando como presupuesto que los
resultados de esta encuesta significan algo.
(…)
Marx empezó su XVIII Brumario con una corrección a la idea de Hegel de que la
historia se repite necesariamente: “Hegel observa en algún lugar que todos los
grandes acontecimientos y personajes de la historia del mundo ocurren, así por
decirlo, dos veces. Se olvidó de agregar: la primera vez como tragedia, la
segunda vez como farsa”[2].
(…) Ya no hay más una jerarquía de grupos sociales dentro de una misma
nación -los residentes de una ciudad viven en un universo para el cual, dentro
de su imaginario ideológico, el mundo que rodea a la clase baja simplemente no
existe. ¿No son estos "ciudadanos globales" que viven en áreas
recluidas el verdadero polo opuesto a los que viven en barrios bajos y otras
"manchas blancas" de la esfera pública? Ellos son, efectivamente, dos
caras de la misma moneda, los dos extremos de la nueva división de clases. La
ciudad que ejemplifica mejor esa división es la Sao Paulo del Brasil de
Lula, que se jacta de tener 250 helipuertos en su área céntrica. Para aislarse
de los peligros de mezclarse con personas corrientes, el rico de Sao Paulo
prefiere utilizar helicópteros, así, echando una mirada alrededor de la ciudad,
uno se siente realmente como en una megalópolis futurista como las
fotografiadas en films como Blade Runner o El Quinto Elemento, con personas comunes
que se enjambran en las calles peligrosas abajo, mientras el rico flota alrededor
en un nivel más alto, arriba en el aire. Así parece que la utopía de Fukuyama
de los años noventa tuvo que morir dos veces, ya que el desplome de la utopía
política liberal-democrática del 11/9 no afectó la utopía económica del
capitalismo de mercadotecnia global; si el derrumbe financiero del 2008 tiene
un significado histórico, entonces lo es como un signo del fin de la faceta
económica del sueño de Fukuyama. Lo que nos devuelve a la paráfrasis de Hegel hecha
por Marx. En una introducción a una nueva edición del XVIII Brumario en los años
sesenta, Herbert Marcuse le agregó otra vuelta más de tuerca: A veces, la
repetición en el modo de farsa puede aterrorizar más que la tragedia original. (…)
¿De cuál masa y
de qué comunismo estamos hablando? De las masas que representan hoy al viejo
proletariado de Marx y que ya dejaron de ser la clase obrera dotada de
conciencia de clase y, por tanto, portadora de un proyecto (¿obra de quién? Incluso
en los marxistas más ortodoxos el proyecto es tarea de los intelectuales, por cuanto
se integran a una élite dotada de autoridad). Por tanto los proletarios en los
que pensaba Marx, hoy son diferentes, más parecidos a los que Toni Negri
denomina multitudes aunque todavía
para él presenten un aura mística que es mejor dejar a un lado.