el manifiesto
comunista (1848) fue publicado hace exactamente 160 años, por ésa misma
época marx ya estaba en la elaboración de el capital, cuyo primer tomo
recién se editó después de unos 15 años de trabajo. ésa primera edición alemana
de el capital cumplió también hace poco sus 140 años.
con un
siglo y medio de permanencia, y después de no menos tristes que animosas
experiencias revolucionarias, la obra marxiana sigue siendo marciana.
lo que
sigue es una serie de párrafos extraídos del capítulo I del volumen I de
el capital, acerca de “el carácter fetichista de la mercancía y su
secreto”.
A primera
vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión
inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en
sutilezas metafísicas y reticencias teológicas (...)
¿De dónde
brota, entonces, el carácter enigmático que distingue al producto del trabajo
no bien asume la forma de mercancía? Obviamente, de esa forma misma. La
igualdad de los trabajos humanos adopta la forma material de la igual
objetividad de valor de los productos del trabajo; la medida del gasto de
fuerza de trabajo humano por su duración, cobra la forma de la magnitud del
valor que alcanzan los productos del trabajo; por último, las relaciones entre
los productores, en las cuales se hacen efectivas las determinaciones sociales
de sus trabajos, revisten la forma de una relación social entre los productos
del trabajo. Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues,
en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio
trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como
propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también
refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global,
como una relación social entre los objetos, existente al margen de los
productores. Es por medio de este quid pro quo [tomar una cosa por otra]
como los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas
sensorialmente suprasensibles o sociales. De modo análogo, la impresión
luminosa de una cosa sobre el nervio óptico no se presenta como excitación
subjetiva de ese nervio, sino como forma objetiva de una cosa situada fuera del
ojo. Pero en el acto de ver se proyecta efectivamente luz desde una cosa, el
objeto exterior, en otra, el ojo. Es una relación física entre cosas físicas.
Por el contrario, la forma de mercancía y la relación de valor entre los
productos del trabajo en que dicha forma se representa, no tienen absolutamente
nada que ver con la naturaleza física de los mismos ni con las relaciones,
propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para
los hombres,la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la
relación social determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar
una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del
mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras
autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los
hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de
la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del
trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la
producción mercantil.
Ese carácter fetichista del mundo de las mercancías se origina, como el
análisis precedente lo ha demostrado, en la peculiar índole social del trabajo que
produce mercancías.
Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente
a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los
unos de los otros. El complejo de estos trabajos privados es lo que
constituye el trabajo social global. Como los productores no entran en contacto
social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos
específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el
marco de dicho intercambio. O en otras palabras: de hecho, los trabajos
privados no alcanzan realidad como partes del trabajo social en su conjunto,
sino por medio de las relaciones que el intercambio establece entre los
productos del trabajo y, a través de los mismos, entre los productores. A
éstos, por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen
de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente
sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el
contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones
sociales entre las cosas.
Es sólo en su intercambio donde los productos del trabajo adquieren una
objetividad de valor, socialmente uniforme, separada de su objetividad de uso,
sensorialmente diversa. Tal escisión del producto laboral en cosa útil y cosa
de valor sólo se efectiviza, en la práctica, cuando el intercambio ya ha
alcanzado la extensión y relevancia suficientes como para que se produzcan
cosas útiles destinadas al intercambio, con lo cual, pues, ya en su producción
misma se tiene en cuenta el carácter de valor de las cosas. A partir de ese
momento los trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un
doble carácter social. Por una parte, en cuanto trabajos útiles determinados,
tienen qe satisfacer una necesidad social determinada y con ello probar su
eficacia como partes del trabajo global, del sistema natural caracterizado por
la división social del trabajo. De otra parte, sólo satisfacen las variadas
necesidades de sus propios productores, en la medida en que todo trabajo
privado particular, dotado de utilidad, es pasible de intercambio por otra
clase de trabajo privado útil, y por tanto le es equivalente. La igualdad de
trabajos toto cælo [totalmente] diversos sólo puede consistir en una
abstracción de su desigualdad real, en la reducción al carácter común que
poseen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo
abstractamente humano. El cerebro de los productores privados refleja
ese doble carácter social de sus trabajos privados solamente en las formas que
se manifiestan en el movimiento práctico, en el intercambio de productos: el
carácter socialmente útil de sus trabajos privados, pues, sólo lo refleja bajo
la forma de que el producto del trabajo tiene que ser útil, y precisamente
serlo para otros; el carácter social de la igualdad entre los diversos
trabajos, sólo bajo la forma del carácter de valor que es común a esas cosas
materialmente diferentes, los productos del trabajo.
Por consiguiente, el que los hombres relacionen entre sí como valores
los productos de su trabajo no se debe al hecho de que tales cosas cuenten para
ellos como meras envolturas materiales de trabajo homogéneamente humano.
A la inversa. Al equiparar entre sí en el cambio como valores sus
productos heterogéneos, equiparan recíprocamente sus diversos trabajos
como trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen. El valor, en
consecuencia, no lleva escrito en la frente lo que es. Por el contrario,
transforma a todo producto del trabajo en un jeroglífico social. Más adelante
los hombres procuran descifrar el sentido del jeroglífico, desentrañar el
misterio de su propio producto social, ya que la determinación de los objetos
para el uso como valores es producto social suyo a igual título
que el lenguaje. El descubrimiento científico ulterior de que los productos del
trabajo, en la medida en que son valores, constituyen meras expresiones, con el
carácter de cosas, del trabajo humano empleado en su producción, inaugura una
época en la historia de la evolución humana, pero en modo alguno desvanece la
apariencia de objetividad que envuelve a los atributos sociales del trabajo. Un
hecho que sólo tiene vigencia para esa forma particular de producción, para la
producción de mercancías --a saber, que el carácter específicamente social de
los trabajos privados independientes consiste en su igualdad en cuanto trabajo
humano y asume la forma del carácter de valor de los productos del trabajo--,
tanto antes como después de aquel descubrimiento se presenta como igualmente
definitivo ante quienes están inmersos en las relaciones de la producción de
mercancías, así como la descomposición del aire en sus elementos, por parte de
la ciencia, deja incambiada la forma del aire en cuanto forma de un cuerpo
físico (...)
Hagamos primeramente
que Robinsón comparezca en su isla. Frugal, como lo es ya de condición, tiene
sin embargo que satisfacer diversas necesidades y, por tanto, ejecutar trabajos
útiles de variada índole: fabricar herramientas, hacer muebles, domesticar
llamas, pescar, cazar, etcétera. De rezos y otras cosas por el estilo no
hablemos aquí, porque a nuestro Robinsón esas actividades le causan placer y
las incluye en sus esparcimientos. Pese a la diversidad de sus funciones
productivas sabe que no son más que distintas formas de actuación del mismo
Robinsón, es decir, nada más que diferentes modos del trabajo humano. La
necesidad misma lo fuerza a distribuir concienzudamente su tiempo entre
sus diversas funciones. Que una ocupe más espacio de su actividad global y la otra
menos, depende de la mayor o menor dificultad que haya que superar para obtener
el efecto útil propuesto. La experiencia se lo inculca, y nuestro Robinsón, que
del naufragio ha salvado el reloj, libro mayor, tinta y pluma, se pone, como
buen inglés, a llevar la contabilidad de sí mismo. Su inventario incluye una
nómina de los objetos útiles que él posee, de las diversas operaciones
requeridas para su producción y por último del tiempo de trabajo que,
término medio, le insume elaborar determinadas cantidades de esos diversos
productos. Todas las relaciones entre Robinsón y las cosas que configuran su
riqueza, creada por él (...)
Imaginémonos
finalmente, para variar, una asociación de hombres libres que trabajen con
medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas
de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social. Todas las
determinaciones del trabajo de Robinsón se reiteran aquí, sólo que de manera
social, en vez de individual. Todos los productos de Robinsón
constituían su producto exclusivamente personal y, por tanto, directamente
objetos de uso para sí mismo. El producto todo de la asociación es un
producto social. Una parte de éste presta servicios de nuevo como medios
de producción. No deja de ser social. Pero los miembros de la asociación
consumen otra parte en calidad de medios de subsistencia. Es necesario, pues, distribuirla
entre los mismos. El tipo de esa distribución variará con el tipo
particular del propio organismo social de producción y según el correspondiente
nivel histórico de desarrollo de los productores. A los meros efectos de
mantener el paralelo con la producción de mercancías, supongamos que la
participación de cada productor en los medios de subsistencia esté determinada
por su tiempo de trabajo. Por consiguiente, el tiempo de trabajo
desempeñaría un papel doble. Su distribución, socialmente planificada, regulará
la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las diversas
necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como medida
de la participación individual del productor en el trabajo común, y también,
por ende, de la parte individualmente consumible del producto común. Las
relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de
éstos, siguen siendo aquí diáfanamente sencillas, tanto en lo que respecta a la
producción como en lo que atañe a la distribución.
Para una
sociedad de productores de mercancías, cuya relación social general de
producción consiste en comportarse frente a sus productos como ante mercancías,
o sea valores, y en relacionar entre sí sus trabajos privados, bajo esta
fora de cosas, como trabajo humano indiferenciado, la forma de
religión más adecuada es el cristianismo, con su culto del hombre
abstracto, y sobre todo en su desenvolvimiento burgués, en el protestantismo
(...)
El reflejo
religioso del mundo real únicamente podrá desvanecerse cuando las
circunstancias de la vida práctica, cotidiana, representen para los hombres,
día a día, relaciones diáfanamente racionales, entre ellos y con la naturaleza.
La figura del proceso social de vida, esto es, del proceso material de
producción, sólo perderá su místico velo neblinoso cuando, como producto de
hombres libremente asociados, éstos la hayan sometido a su control planificado
y consciente (...)
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