(17-10-2008) Tratado de ateología* [Michel Onfray]
Escrito por Planeta X
viernes, 17 de octubre de 2008
En el mundo posterior al 11 de septiembre de 2001, la
religión ha salido de lo privado para estar presente en el espacio público más
que nunca. El retorno de lo religioso exige construir un ateísmo sólido,
fundamentado, y rescatar a la "ateología" (neologismo propuesto por
Georges Bataille), del silencio sistemático en que la ha sumido la
historiografía oficial de las ideas.
SOBRE LA IGNORANCIA CRISTIANA
Podremos comprender que se ignore el
funcionamiento de las
lógicas de impregnación al hacer
hincapié en el hecho de que muchas
de esas determinaciones se dan en el
registro inconsciente, inaccesible
a los niveles de captación de la
conciencia informada y lúcida. Las
interferencias entre los sujetos y
dicha ideología se manifiestan fuera
del lenguaje, sin los signos de una
reivindicación abierta. Salvo la
teocracia asumida -los regímenes
políticos visiblemente inspirados en
alguno de los tres Libros-, la gran
mayoría, incluso los practicantes,
actores e individuos a los que
concierne, ignora la genealogía
judeocristiana de prácticas laicas
la mayor parte del tiempo.
La invisibilidad del proceso sólo se
refiere a su modo de difusión
inconsciente. Presupone del mismo
modo la incultura judeocristiana
de gran parte de los interesados.
Incluso entre los creyentes y
practicantes a menudo desinformados,
o cuya
información proviene sólo del caldo
ideológico impuesto por la
institución y sus auxiliares. La
misa dominical no se ha destacado
nunca como lugar de reflexión,
análisis, cultura, saber difundido e
intercambiado, tampoco el catecismo,
ni los rituales y liturgias de las
otras religiones monoteístas.
Las mismas observaciones valen para
los rezos ante el Muro de las
Lamentaciones o las cinco
reverencias diarias de los musulmanes:
rezan y repiten las invocaciones.
Ejercitan la memoria, aunque no la
inteligencia. Para los cristianos,
las prédicas de Bossuet constituyen
una excepción en medio de un mar de
banalidades dos veces
milenarias. Y por cada Averroes o
cada Avicenas -pretextos tan
útiles...-, ¿cuántos imanes
hipermnésicos pero hipointeligentes?
La construcción de su religión, los
debates y controversias, las
invitaciones a reflexionar, analizar
y criticar, las confrontaciones de
información contradictoria y los
debates polémicos brillan por su
ausencia en la comunidad, en la que
triunfan más bien el psitacismo y
el reciclaje de fábulas con la ayuda
de una maquinaria bien aceitada
que repite pero no innova, y que
requiere memoria pero no
inteligencia. Salmodiar, recitar y
repetir no es pensar. Tampoco lo es
rezar. Ni mucho menos.
Oír por enésima vez un texto de
Pablo e ignorar el nombre de
Gregorio Nacianceno, armar el
Nacimiento todos los años y no saber
qué eran las querellas fundadoras
del arrianismo o el concilio sobre la
iconofilia; comulgar con pan ácimo y
desconocer la existencia del
dogma de la infalibilidad papal;
asistir a la misa de Gallo y no saber
nada de la reivindicación por parte
de la Iglesia
de la fecha pagana del
solsticio de invierno en la que se
celebraba el sol invictas; asistir a
bautismos, casamientos o sepelios de
familiares ante el altar y nunca
haber oído hablar de los evangelios
apócrifos; inclinarse bajo el
crucifijo y pasar por alto el dato
de que por el crimen del que se acusó
a Jesús en su proceso no se
crucificaba sino se lapidaba; y tantos otros
obstáculos culturales debidos a la
fetichización de los ritos y las
prácticas: he aquí lo que plantea un
problema para el hipotético
ejercicio lúcido de la religión...
La vieja incitación del Génesis a no
querer saber, a contentarse con
creer y obedecer, a preferir la fe
al conocimiento, a rechazar el amor a
la ciencia y enaltecer la pasión por
la sumisión y la obediencia, no
contribuye a elevar el debate; la
etimología de musulmán significa,
según el diccionario Lktré, sometido
a Dios y a Mahoma; la
imposibilidad de actuar hasta en el
mínimo detalle de la vida cotidiana
fuera de las prescripciones
milimétricas de la Tora;
todo ello disuade
de preferir la Razón a la sumisión... Como
si la religión tuviera
necesidad de inocencia, incultura e
ignorancia para poder expandirse y
asegurar su existencia.
Por otra parte, cuando hay cultura
religiosa e histórica -a menudo
entre los profesionales de la
religión...-, ésta pasa a formar parte de un
arsenal jesuítico sin nombre. Siglos
de retórica, un milenio de
sofisterías teológicas, bibliotecas
de minucias escolásticas, permiten la
utilización del saber como un arma:
el cuidado se debe menos a la
argumentación honesta que a la
apologética, arte que Tertuliano
ejerció con brío a favor del
cristianismo y que implica la sumisión de
toda la historia y de todas las
referencias al presupuesto ideológico del
polemista. Véase la doble acepción
del epíteto «jesuíta»...
¿Le haremos notar a un cristiano que
después de la conversión de
Constantino la Iglesia optó por los
poderosos, dejando de lado a los
humildes y a los pobres? Responderá:
«teología de la liberación»,
dejando de lado al mismo tiempo la
condena a dicha teología de Juan
Pablo II, cabeza y guía de la Iglesia. ¿Le expondremos
las pruebas de
que el cristianismo paulino, es
decir, el oficial, ha denigrado el cuerpo,
la carne, el placer, y que desprecia
a las mujeres? La misma réplica:
«éxtasis místico», callando el hecho
de que las manifestaciones de ese
tipo han llevado al Vaticano a
condenar en vida al erotómano antes de
proceder a la recuperación, vía la
canonización, beatificación y otras
ceremonias de rehabilitación de los
descarriados del pasado. ¿Le
hablaremos de los genocidios de los
amerindios en nombre de la muy
católica religión, y de la negación
del alma y de la humanidad de los
indios que profesaron los devotos
colonizadores? Se reirá con ganas:
«Bartolomé de las Casas», olvidando
al pasar que, por más defensor
teórico de los indios que fuera, no
por ello ese valiente cristiano dejó
de alimentar las hogueras con libros
escritos por los guatemaltecos,
mientras tomaba recaudos para que se
descubriera, sólo después de su
muerte, y por testamento, que
equiparaba la causa de los negros a la
de los indios...
La misma lógica se aplica a los
intérpretes de las leyes coránicas -
ayatolás y muías- que intentan dar
sentido y coherencia a textos
contradictorios en el cuerpo mismo
de su libro sagrado, haciendo
malabares con los suras, los
versículos y los miles de hadiz, o
haciendo trampa con los versículos
derogantes y los versículos
derogandos. ¿Les llamamos la
atención sobre el odio hacia los judíos
y los no musulmanes que atiborra las
páginas del Corán? Nos
remitirán a la práctica de la dhimma
que, en forma vaga, permite la
existencia y la protección de las
personas del Libro no musulmán.
Pero evitan con cuidado explicar que
dicha protección se da sólo
después del pago en moneda sonante y
contante de un impuesto: la
gizya. Lo cual equipara esta pretendida
tolerancia a una práctica
mafiosa de protección del individuo
sometido al financiamiento de la
empresa que lo extorsiona... ¡O cómo
inventar el impuesto
revolucionario!
Los olvidos, la pérdida de
información y el sometimiento a la
obediencia más que a la inteligencia
vacían la religión de sus
contenidos auténticos, para no
producir más que una pálida Vulgata
apenas adaptable a las formas
metafísicas y sociológicas. Al estilo de
los marxistas que se creen tales y
niegan la lucha de clases, luego
dejan de lado la dictadura del
proletariado,
numerosos judíos, cristianos y
musulmanes se fabrican una moral a la
medida que implica quitar citas del
corpus a conveniencia para
constituir una regla de juego y una
pertenencia colectiva en perjuicio
de la totalidad de su religión. De
ahí proviene el doble movimiento de
la desaparición de prácticas
visibles coextensiva al reforzamiento de la
episteme dominante. Lo mismo que el
ateísmo cristiano...
EL ATEÍSMO CRISTIANO
Durante mucho tiempo el ateo
funcionó como la cara opuesta del
cura, punto por punto. El negador de
Dios, fascinado por su enemigo,
a menudo adoptó varias de sus manías
y defectos. Ahora bien, el
clericalismo ateo no ofrece nada de
interés. Las capillas de
librepensamiento, las uniones
racionalistas tan proselitistas como el
clero y las logias masónicas al
estilo de la Tercera
República, apenas
llaman la atención. Se trata, en
adelante, de apuntar hacia lo que
Deleuze llama un ateísmo tranquilo
, es decir, menos una posición
estática de negación o de lucha
contra Dios que un método dinámico
que desemboque en una proposición
positiva, la cual deberá
construirse después de la lucha. La
negación de Dios no es un fin, sino
un medio para alcanzar la ética
poscristiana o francamente laica.
Para empezar a definir los límites
del ateísmo poscristiano,
detengámonos en lo que aún debemos
superar en la actualidad: el
ateísmo cristiano o el cristianismo sin Dios. ¡Extraña
quimera, una
vez más! Pero existe, y caracteriza
a un negador de Dios que afirma al
mismo tiempo la excelencia de los
valores cristianos y la índole
insuperable de la moral evangélica.
Su trabajo presupone la
disociación de la moral y la
trascendencia: el bien no tiene necesidad
de Dios, de cielo o de un anclaje
inteligible, pues se basta a sí mismo
y depende de una necesidad inmanente:
proponer una regla de juego
y un código de conducta entre los hombres.
La teología deja de ser la
genealogía de la moral, y la filosofía
toma el relevo. Mientras que la
lectura judeocristiana supone una
lógica vertical -desde lo bajo de
los humanos hacia lo alto de los
valores-, la hipótesis del ateísmo
cristiano propone una exposición
horizontal: nada fuera de lo
racionalmente deducible ni disposiciones
en otro campo que no sea el mundo
real y sensible. Dios no existe, las
virtudes no se derivan de una
revelación, no descienden del cielo, sino
que provienen de un enfoque
utilitarista y pragmático. Los hombres se
dan a sí mismos las leyes y no
tienen necesidad para ello de recurrir a
un poder extraterrestre.
La escritura inmanente del mundo
distingue el ateo cristiano del
cristiano creyente. Pero no los
valores comunes. El sacerdote y el
filósofo, el Vaticano y Kant, los
Evangelios y la Crítica
de la razón
práctica, la madre Teresa y Paúl Ricoer, el
amor al prójimo católico y
el humanismo trascendental de Lúe
Ferry tal como lo expone en El
Hombre-Dios, la ética cristiana y las grandes
virtudes de André
Comte-Sponville, evolucionan en un
campo común: la caridad, la
templanza, la compasión, la
misericordia, la humildad, pero también
el amor al prójimo y el perdón de
las ofensas, dar la otra mejilla
cuando nos pegan una vez, el
desinterés por los bienes de este mundo,
la ascesis ética que rechaza el
poder, los honores, las riquezas como
falsos valores que desvían de la
verdadera sabiduría. Éstas son las
opciones que se profesan teóricamente
.
El ateísmo cristiano deja de lado,
la mayor parte del tiempo, el odio
paulino del cuerpo, el rechazo de
los deseos, los placeres, las
pulsiones y las pasiones. Más de
acuerdo con su época sobre las
cuestiones de la moral sexual que
los cristianos con Dios, los
defensores de un retorno a los
Evangelios —con el pretexto del
retorno a Kant, incluso a Spinoza—
consideran que el remedio contra
el nihilismo de nuestro tiempo no
necesita un
esfuerzo poscristiano, sino una
relectura laica e inmanente del
contenido y del mensaje de Cristo.
Desde el continente judío,
Vladimir Jankélevitch -véase su Tratado
de las virtudes-, Emmanuel
Levinas -léase Humanismo del otro
hombre o Totalidad e infinito -,
pero también hoy Bernard-Henri Lévy
-El testamento de Dios- o Alain
Finkielkraut -Sabiduría del amor-,
proporcionan a este
judeocristianismo sin Dios una parte
de sus modelos.
UN ATEÍSMO POSMODERNO
La superación del ateísmo cristiano
permite plantear, sin caer en la
redundancia al calificarlo así, un
auténtico ateísmo ateo..., este casi
pleonasmo para significar la
negación de Dios acoplada a una
negación de una parte de los valores
que se desprenden de ello, sin
duda, pero también para cambiar de
episteme y luego desplazar la
moral y la política sobre otra base,
no nihilista sino poscristiana. No se
trata de acondicionar las iglesias,
tampoco de destruirlas, sino de
construir más allá, en otra parte,
otra cosa, para los que no quieran
seguir habitando intelectualmente
lugares que ya fueron demasiado
utilizados.
El ateísmo posmoderno anula la
referencia teológica, pero también
la científica, para construir una
moral. Ni Dios, ni Ciencia, ni Cielo
inteligible, ni el recurso a
propuestas matemáticas, ni Tomás de
Aquino, ni Auguste Comte o Marx;
sino la Filosofía,
la Razón, la
Utilidad, el Pragmatismo, el
Hedonismo individual y social, entre
otras propuestas a desarrollar
dentro del campo de la inmanencia pura,
en favor de los hombres, para ellos
y por ellos, y no para Dios o por
Dios.
La superación de los modelos
religiosos y geométricos en la
historia vino por el lado de los
anglosajones Jeremy Bentham -léase y
reléase Deontología, por
ejemplo- y su discípulo, John Stuart Milis.
Ambos echaron las bases de
construcciones intelectuales, aquí y ahora,
y aspiraron a edificaciones
modestas, es verdad, pero habitables: no eran
catedrales inmensas e inhóspitas, aunque
bellas a la vista -como las
edificaciones del idealismo alemán-,
poco prácticas, sino obras en
condiciones de ser realmente
habitadas.
El Bien y el Mal existen no sólo
porque coinciden con las nociones
de fiel o infiel en la religión,
sino porque atañen a la utilidad y la
felicidad de la gran mayoría. El
contrato hedonista -no puede ser más
inmanente...- legitima la
intersubjetividad, condiciona el pensamiento
y la acción, y prescinde
completamente de Dios, la religión y los
curas. No hay necesidad de amenazar
con el Infierno o de seducir con
el Paraíso, y de nada sirve fundar
una ontología de premio y castigo
post mortem para alentar las buenas
acciones, justas y rectas. Una
ética sin obligaciones ni sanciones
trascendentes.
PRINCIPIOS DE ATEOLOGIA
La ateología se propone realizar
tres tareas: primero -segunda
parte— deconstruir los tres
monoteísmos y mostrar cómo, a pesar de
sus diversidades históricas y
geográficas, a pesar del odio que se
manifiestan los protagonistas de las
tres religiones desde hace siglos, a
pesar de la aparente irreductibilidad,
en la superficie, de la ley
mosaica, de los dichos de Jesús y de
la palabra del Profeta, a pesar de
los tiempos genealógicos diferentes
de las tres variaciones llevadas a
cabo durante más de diez siglos de
un solo y único tema, la base sigue
siendo la misma. Variaciones de
grado, no de naturaleza.
¿Y qué hay en esa base, justamente?
Una serie de odios impuestos
con violencia a lo largo de la
historia por los hombres que se
pretenden depositarios e intérpretes
de la palabra de Dios, los clérigos:
odio a la inteligencia -los
monoteístas prefieren la obediencia y la
sumisión-; odio a la vida, reforzado
por una indefectible pasión
tanatofílica; odio a este mundo,
desvalorizado sin cesar con respecto
a un más allá, único depositario de
sentido, verdad, certidumbre y
bienaventuranza posibles; odio al
cuerpo corruptible, despreciado
hasta en sus mínimos detalles,
mientras que al alma eterna, inmortal
y divina se le adjudican todas las
cualidades y
virtudes; odio a las mujeres, por
último, al sexo libre y liberado en
nombre del Ángel, ese anticuerpo
arquetípico común a las tres
religiones.
Una vez desmontada la reactividad de
los monoteísmos con
respecto a la vida inmanente y
posiblemente gozosa, la ateología
puede ocuparse en particular de una
de las tres religiones para ver
cómo se constituye, se instala y se
enraiza en principios que
presuponen siempre la falsificación,
la histeria colectiva, la mentira, la
ficción y los mitos a los que se les
otorgan plenos poderes. La
reiteración de una suma de errores por
la mayoría termina por volverse
un corpus de verdades intocables,
bajo pena de peligros gravísimos
para los incrédulos, desde hogueras
cristianas del pasado hasta las
fetuas musulmanas del presente.
Para intentar ver cómo se fabrica
una mitología, podemos proponer
-tercera parte - una deconstrucción
del cristianismo. En efecto, la
construcción de Jesús procede de una
falsificación reductible a
momentos precisos en la historia
durante uno o dos siglos: la
cristalización de la histeria de una
época en una figura que cataliza lo
maravilloso, reúne las aspiraciones
milenaristas, proféticas y
apocalípticas de la época en un
personaje conceptual llamado Jesús; la
existencia metodológica y de ningún
modo histórica de esa ficción; la
amplificación y la promoción de esa
fábula por Pablo de Tarso, quien
se creía el delegado de Dios cuando
en realidad sólo estaba cursando
su propia neurosis; su odio hacia sí
mismo transformado en odio hacia
el mundo: su impotencia, su
resentimiento y la revancha de un aborto
-según su propio término...-
transformados en motor de una
individualidad que se expandió por
toda la cuenca mediterránea; el
goce masoquista de un hombre ampilado
a la dimensión de una secta
entre miles de la época; todo eso surge
cuando reflexionamos un poquito,
rechazamos, en materia de religión,
la obediencia o la sumisión, y
llevamos a cabo un acto antiguo y
prohibido: saborear la fruta del árbol
del conocimiento...
La deconstrucción del cristianismo
implica, por cierto, un
desmontaje de la elaboración de la ficción,
pero también un análisis
del futuro universal de esa
neurosis. De ahí provienen las
consideraciones históricas sobre la
conversión política de Constantino
a la religión sectaria por puras
razones de oportunismo histórico. En
consecuencia, el devenir imperial de
una práctica limitada a un puñado
de iluminados adquiere claridad: de
perseguidos y minoritarios, los cristianos
pasan a ser perseguidores y
mayoritarios, gracias a la intercesión de
un emperador convertido en uno de
ellos.
El decimotercer apóstol, como
Constantino se proclamó durante un
Concilio, levantó un imperio
totalitario que dictó leyes violentas
contra los no cristianos y practicó
una política sistemática de
erradicación de la diferencia
cultural. Hogueras y autos de fe,
persecuciones físicas, confiscación
de bienes, exilios forzados y
forzosos, asesinatos y actos
insultantes, destrucción de edificios
paganos, profanación de lugares y
objetos de culto, incendio de
bibliotecas, reciclaje
arquitectónico de edificios religiosos antiguos en
nuevos monumentos o como relleno de
caminos, etcétera.
Con plenos poderes durante varios
siglos, lo espiritual se confundió
con lo temporal... De ahí -cuarta
parte - surgió una deconstrucción de
las teocracias que presuponen la reivindicación
práctica y política del
poder que pretendidamente emana de
un Dios que no habla, y con
razón, pero al que hacen hablar los
sacerdotes y el clero. En nombre
de Dios, pero por medio de sus
supuestos servidores, el Cielo ordena
lo que debemos hacer, pensar, vivir
y practicar aquí en la Tierra
para
complacerlo. Y los mismos que
pretenden predicar Su palabra afirman
su competencia para la
interpretación de lo que Él piensa de los actos
realizados en Su nombre...
La teocracia encuentra su panacea en
la democracia: el poder del
pueblo, la soberanía inmanente de
los ciudadanos contra el pretendido
magisterio de Dios, de hecho, de los
que lo invocan... En nombre de
Dios, la historia es testigo, los
tres monoteísmos han hecho correr
durante siglos increíbles ríos de
sangre. Guerras, expediciones
Deconstruir los monoteísmos,
desmistificar el judeocristianismo -
también el islam, por supuesto-,
luego desmontar la teocracia: éstas
son las tres tareas inaugurales para
la ateología. A partir de ellas, será
posible elaborar un nuevo orden
ético y crear en Occidente las
condiciones para una verdadera moral
poscristiana donde el cuerpo
deje de ser un castigo y la tierra
un valle de lágrimas, la vida una
catástrofe, el placer un pecado, las
mujeres una maldición, la
inteligencia una presunción y la
voluptuosidad una condena.
A lo que podríamos añadirle, por lo
tanto, una política más
fascinada con la pulsión de vida que
con la pulsión de muerte. El Otro
no se pensaría a sí mismo como un
enemigo, adversario o diferencia
que hay que suprimir, reducir,
someter, sino como la oportunidad de
establecer aquí y ahora una
intersubjetividad, no bajo la mirada de
Dios o de los dioses, más bien bajo
la de sus protagonistas, en la
inmanencia más radical. De manera
que el Paraíso funcionaría menos
como ficción del Cielo que como
ideal de la razón en la
Tierra.
Soñemos un poco...
* Extracto del libro homónimo, publicado en 2005.
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