(…)
Marx empezó su XVIII Brumario con una corrección a la idea de Hegel de que la
historia se repite necesariamente: “Hegel observa en algún lugar que todos los
grandes acontecimientos y personajes de la historia del mundo ocurren, así por
decirlo, dos veces. Se olvidó de agregar: la primera vez como tragedia, la
segunda vez como farsa”[2].
(…) Ya no hay más una jerarquía de grupos sociales dentro de una misma
nación -los residentes de una ciudad viven en un universo para el cual, dentro
de su imaginario ideológico, el mundo que rodea a la clase baja simplemente no
existe. ¿No son estos "ciudadanos globales" que viven en áreas
recluidas el verdadero polo opuesto a los que viven en barrios bajos y otras
"manchas blancas" de la esfera pública? Ellos son, efectivamente, dos
caras de la misma moneda, los dos extremos de la nueva división de clases. La
ciudad que ejemplifica mejor esa división es la Sao Paulo del Brasil de
Lula, que se jacta de tener 250 helipuertos en su área céntrica. Para aislarse
de los peligros de mezclarse con personas corrientes, el rico de Sao Paulo
prefiere utilizar helicópteros, así, echando una mirada alrededor de la ciudad,
uno se siente realmente como en una megalópolis futurista como las
fotografiadas en films como Blade Runner o El Quinto Elemento, con personas comunes
que se enjambran en las calles peligrosas abajo, mientras el rico flota alrededor
en un nivel más alto, arriba en el aire. Así parece que la utopía de Fukuyama
de los años noventa tuvo que morir dos veces, ya que el desplome de la utopía
política liberal-democrática del 11/9 no afectó la utopía económica del
capitalismo de mercadotecnia global; si el derrumbe financiero del 2008 tiene
un significado histórico, entonces lo es como un signo del fin de la faceta
económica del sueño de Fukuyama. Lo que nos devuelve a la paráfrasis de Hegel hecha
por Marx. En una introducción a una nueva edición del XVIII Brumario en los años
sesenta, Herbert Marcuse le agregó otra vuelta más de tuerca: A veces, la
repetición en el modo de farsa puede aterrorizar más que la tragedia original. (…)
¡ES IDEOLOGÍA, ESTÚPIDO!
(…)
¿Pero es la economía realmente una ciencia? Mientras Sorman[3] admite que el
mercado está lleno de conductas y reacciones irracionales, su prescripción es no
ya psicología, sino "neuroeconomía":
Los actores económicos tienden a comportarse racionalmente e
irracionalmente. El trabajo de laboratorio ha demostrado que parte de nuestro
cerebro es culpable de muchas de nuestras decisiones a corto plazo económicamente
erróneas, mientras otra parte es responsable de las decisiones que tienen sentido
económico, tomando generalmente una visión más larga. ¿Así como el estado nos protege
de la asimetría de Akerlof prohibiendo nuestra negociación interna, también nos
debe proteger de nuestros propios impulsos irracionales?[3]
Por
supuesto, Sorman es rápido al agregar que:
sería absurdo utilizar la economía conductista para justificar la
restauración de regulaciones excesivas del estado. Después de todo, el estado
no es más racional que el individuo, y sus acciones pueden tener consecuencias
enormemente destructivas. La neuroeconomía nos debe favorecer en hacer los
mercados más transparentes, no más regulados.
Con
esta feliz regla híbrida de la ciencia económica suplementada con la neuroeconomía,
se marchó la época de los sueños ideológicos enmascarados como ciencia -como en
Marx, cuyo trabajo "puede ser descrito como una reescritura materialista de
la Biblia con todos los pesonajes allí presentes, con el proletariado en el
papel de Mesías. El pensamiento ideológico del siglo XIX es, sin debate alguno,
una teología materializada”. Pero incluso si el marxismo esta muerto, el
emperador desnudo continúa cazándonos envuelto en nueva ropa, entre ellas el ecologismo:
Nada de simples amotinadores, losVerdes son los sacerdotes de una
nueva religión que pone a la naturaleza encima de la humanidad. El movimiento
ecologista no es un vestíbulo agradable de paz y amor sino una fuerza
revolucionaria. Como muchas religiones de estos días, sus males designados son ostensiblemente
denigrados sobre la base del conocimiento científico: el calentamiento
climático, la extinción de especies, la pérdida de la biodiversidad, las súper
hierbas. De hecho, todas estas amenazas son invenciones de la imaginación
Verde. Los Verdes piden prestado su vocabulario a la ciencia sin avalarse a sí
mismos su racionalidad. Su método no es nuevo; Marx y Engels también fingieron para
arraigar su visión del mundo en la ciencia de su tiempo, el darwinismo.
Sorman
por lo tanto acepta el reclamo de su amigo José María Aznar que el movimiento
ecológico es el "el Comunismo del siglo XXI":
Es cierto que el ecologismo es una recreación del Comunismo, el actual [tipo
de] anticapitalismo, sin embargo, su otra mitad está compuesta un cuarto de
utopía pagana, del culto a la naturaleza, que es mucho más temprano que el marxismo,
que es la razón de que el ecologismo sea tan fuerte en Alemania, de tradición naturalista
y pagana. El ecologismo es así un movimiento anti cristiano: la naturaleza
precede al hombre. El último cuarto es racional, hay verdaderos problemas para los
cuales existen soluciones técnicas.
Veamos
el término "solución técnica": los problemas racionales tienen
soluciones técnicas. (Otra vez, un reclamo erróneo: enfrentar los problemas
ecológicos requiere elecciones y decisiones acerca de lo qué producir, lo qué
consumir, con qué energía mantenerse -lo cual definitivamente concierne al
estilo de vida de un pueblo; y como tal, no se trata sólo de técnicas, sino eminentemente
de política en el sentido más radical de implicar elecciones sociales
fundamentales). No es de extrañar, entonces, que el capitalismo mismo sea
presentado en términos técnicos, ni siquiera como una ciencia sino simplemente
como algo que trabaja: no necesita justificación ideológica, porque su éxito es
justificación suficiente. En este sentido, el capitalismo "es lo contrario
del socialismo, que tiene un manual": "El capitalismo es un sistema
que no tiene pretensiones filosóficas, que no está en busca de la felicidad. Lo
único que dice es: ‘Bien, esto funciona’: Y si las personas quieren vivir
mejor, es preferible utilizar este mecanismo, porque funciona. El único criterio
es la eficiencia”. Esta descripción anti-ideológica es, por supuesto,
evidentemente falsa: la noción del capitalismo como un mecanismo social neutral
es ideología (aún ideología utopista) en su máxima pureza. La hora de la verdad
en esta descripción es sin embargo, como Alain Badiou lo escribe, que el
capitalismo efectivamente no es una civilización por sí misma, con una manera
específica de conferir sentido a la vida. El capitalismo es el primer orden
socioeconómico que destotaliza el significado: no es global a nivel del significado (no hay
una “cosmovisión capitalista” ni una “civilización capitalista” apropiada. La
lección fundamental de globalización es precisamente que el capitalismo puede acomodarse a
todas las civilizaciones, de la cristiana a la hindú y la budista). La dimensión
global del capitalismo puede ser formulada sólo en el nivel de verdad sin
significado, como lo "real" del mecanismo de mercadotecnia global. El
problema aquí está no, como Sorman reclama, en que la realidad es siempre
imperfecta, y que las personas siempre deben entretenerse en sueños de
perfección imposible. El problema es un problema de significado, y es aquí
donde ahora la religión reinventa su papel, descubriendo de nuevo su misión de
garantizar una vida significativa a los que forman parte del funcionamiento sin
sentido de la máquina capitalista. De ahí que la descripción de Sorman de la
dificultad fundamental de la ideología capitalista sea tan desubicada:
Desde un punto de vista intelectual y político, la gran dificultad en
administrar un sistema capitalista es que no ocasiona sueños: nadie sale a la
calle para manifestarse en su favor. Es una economía que cambió completamente
la condición humana, que ha cuidado a la humanidad de la miseria, pero nadie
está dispuesto a convertirse en un mártir de este sistema. Debemos aprender a
tratar con la paradoja de un sistema que nadie desea, y que nadie desea porque
no da chance para amar, porque no es encantador, no es seductor.
Esta
descripción es, otra vez, de evidente falsedad: si existió alguna vez un
sistema que encantó a sus sujetos con sueños (de libertad, de cómo tu éxito
depende de vos mismo, de la racha de suerte que está a la vuelta de la esquina,
de libres placeres…), ése es justamente el capitalismo. El verdadero problema está
en otra parte: ¿cómo mantener viva la fe de las personas en el capitalismo
cuando la realidad inexorable de una crisis ha aplastado brutalmente tales
sueños? Aquí entra la necesidad de un pragmatismo realista "maduro":
uno debe resistir heroicamente sueños de perfección y felicidad y aceptar la
realidad capitalista amarga como el mejor (o el menos malo) de todos los mundos
posibles. Un compromiso es necesario aquí, una combinación de luchadoras esperanzas
utopistas ilusorias y dar a la gente suficiente seguridad para aceptar el
sistema. Sorman no es así ningún fundamentalista de mercado-liberal ni un extremista;
él menciona orgullosamente que algunos seguidores ortodoxos de Milton Friedman
lo acusaron de ser un comunista a causa de su (moderado) apoyo al estado
benefactor:
No hay contradicción entre Estado y liberalismo económico; al contrario,
hay una alianza compleja entre los dos. Pienso que la sociedad liberal necesita
un estado benefactor, primero, con respecto la legitimidad intelectual, la
gente aceptará la aventura capitalista si hay un mínimo imprescindible de
seguridad social. Además de esto, en un nivel más mecanicista si uno pretende
que la creatividad destructiva del capitalismo funcione, uno tiene que administrarla.
Raramente
fue función de la ideología describirse en términos más claros -defender el
sistema existente contra alguna crítica grave, legitimándolo como una expresión
directa de la naturaleza humana:
Una tarea esencial de los gobiernos democráticos y de los formadores de opinión
al enfrentar lo ciclos económicos y la presión política es curar y proteger el
sistema que ha servido tan bien a la humanidad, y no cambiarlo por uno peor so
pretexto de su imperfección… Todavía esta lección es indudablemente una de las
más duras de traducir al idioma que la opinión pública aceptará. El mejor de
todos sistemas económicos posibles es verdaderamente imperfecto. Cualesquiera sean
las verdades descubiertas por la ciencia económica, el libre mercado es reflejo
de la naturaleza humana, en sí misma difícilmente perfectible.
Tal
legitimación ideológica también ejemplifica perfectamente la fórmula precisa de
Badiou acerca de la paradoja básica de la propaganda enemiga: lucha contra algo
respecto a lo cual es por sí misma ignorante, algo para lo cual está estructuralmente
ciega -no contra las verdaderas fuerzas contrarias (oponentes políticos), sino contra
la posibilidad (el potencial revolucionario-emancipador utópico) que es
inmanente a la situación: “El objetivo de toda propaganda enemiga no es el de
aniquilar una fuerza existente (esta función es dejada generalmente a las
fuerzas policiales), sino aniquilar una posibilidad inadvertida de la
situación. Esta posibilidad es también inadvertida por aquellos que conducen
esta propaganda, ya que sus características son las de ser simultáneamente
inmanente a la situación y no aparecer en ella”[4].
De
ahí que la propaganda enemiga contra la política emancipadora radical sea por
definición cínica -no en el simple sentido de no creer sus propias palabras,
sino en un nivel mucho más básico: es cínica precisamente en la medida en que efectivamente
cree sus propias palabras, ya que su mensaje es una resignada convicción de que
el mundo en que vivimos, aun cuando no sea el mejor de todos mundos posibles,
es el menos malo, tanto que cualquier cambio radical sólo haría las cosas
peores. Como siempre con la propaganda efectiva, esta normalización puede ser fácilmente
combinada con su opuesta, leyendo la crisis económica en términos religiosos. Benedicto
XVI, siempre agudo cuando llega la maniobra oportunista, fue expeditivo en
capitalizar la crisis financiera con estas líneas: "¡Esto demuestra que
todo es vanidad, y que sólo la palabra de Dios permanece!" (…)
*Traducción para
esta Biblioteca de algunos fragmentos iniciales del reciente libro,
inédito en español: First as tragedy, then as farce, Slavoj Zizek, 2009.
[1] N del T: Corresponde al subtítulo de la Introducción del
libro. El autor se refiere a esta primera década del milenio.
[2] Karl Marx, El XVIII Brumario de Luis
Bonaparte, en Inspecciones del exilio, Ed. David Fernbach, 1973.
[3] N del T: Todos los extractos en itálicas
son transcripciones que el autor hace de un artículo reciente de un filósofo y
economista francés, conocido referente del neoliberalismo, Guy Sorman. El artículo
citado es: Guy Sorman, La economía no miente. City Journal, Summer 2008.
www.cityjournal.org
[4] Alain Badiou, Seminarios sobre Platon,
Febrero 2008 (no publicado).
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