En 1967 Cornelius Cardew compuso una obra épica llamada “El gran
aprendizaje” (The Great Learning). Se trata de una composición dividida en siete secciones, basada en textos de
Confucio. Yo me vi intrigado por la última sección de esa obra – Párrafo 7 – y
subsecuentemente participé de varias performances de ella.
En 1976 invitaron a Michael Nyman a editar un número especial sobre
música contemporánea de la hoy difunta revista Studio Internacional y él me
pidió que escriba un artículo para esa edición. Yo utilicé esto como una excusa
para aplicar, en un análisis de “El gran aprendizaje” y otras obras de música,
algunas de las ideas que había estado tomando de los libros de Strafford Beer
sobre la cibernética y la teoría general de los sistemas
Este ensayo fue importante para mí porque constituyó mi descubrimiento
personal de la teoría de la complejidad –la idea de que ciertos sistemas
complejos y autoconsistentes pueden derivar de condiciones iniciales muy
simples, asumiendo rápidamente riqueza orgánica. Al principio esto resulta contra-intuitivo:
no estamos acostumbrados a la idea de que algo tan aparentemente “diseñado”
pueda emerger sin un “diseñador”.
El texto fue originalmente publicado bajo el título “Generando y
organizando la diversidad en las artes” –un título algo equívoco – y podría
estar mejor escrito, pero creo que sus ideas todavía son buenas.
Una partitura es una
definición acerca de la cuestión de la organización: es un conjunto de recursos
destinados a organizar el comportamiento para la producción de sonidos. Que esta
observación no fuese tan evidente en la composición clásica indica que la
organización no era entonces un foco importante de la atención del compositor. Por
el contrario, la unidad organizacional (la orquesta, el cuarteto de cuerdas o
la relación de un intérprete y un piano) permaneció casi totalmente estática
durante dos siglos mientras que la atención compositiva se concentraba en la
utilización de dichas unidades para crear resultados específicos proveyéndoles
instrucciones específicas.
En función de que
resulte más claro el análisis de la música experimental que proseguirá, me
gustaría detallar algunos de los aspectos e implicaciones del paradigma de la
organización clásica –la orquesta. La orquesta tradicional es una pirámide
jerárquica y estratificada del mismo tipo de los ejércitos que eran
contemporáneos a ella. La jerarquización de los estratos se organiza de la
siguiente manera: conductor, líder de la orquesta; jefes de sección; subjefes
de sección; y, finalmente, miembros de base. Ocasionalmente un solista se unirá
a los estratos superiores de este sistema; y todo esto implica, por supuesto,
que el compositor, junto con sus intenciones y aspiraciones, tiene un control
absoluto, si bien temporal, de toda la estructura y de su comportamiento. Esta
estratificación, al igual que en el caso de la estratificación militar, refleja
diferentes grados de responsabilidad; complementariamente, refleja diferentes
grados de restricción del comportamiento. La estratificación tiene también otro
efecto: como la perspectiva en la pintura, crea “foco” y “punto de vista”. A un
oyente recibe la impresión de que existen un frente y un fondo de la música y
no deja de anoticiarse de que los eventos de “alta responsabilidad” suceden en
el frente, del cual el fondo es un entorno o contrapunto[1].
Esto implica que es probable que el número de posiciones perceptivas
disponibles para el oyente sean limitadas. La tercera observación que querría
realizar sobre el sistema de estratificación de la orquesta es que necesita de
la utilización de músicos entrenados. La definición mínima del músico entrenado
es que se trata de una persona que cuando se le de una instrucción específica
producirá un sonido predecible. Su entrenamiento le enseña a ser capaz de
operar de forma precisamente como los otros miembros de su estrato. El
entrenamiento consiste en lograr reducir una parte de su diversidad natural
incrementando, por ende, su confiabilidad (predictibilidad).
Utilizaré
frecuentemente el término diversidad en este ensayo y me gustaría
intentar definirla ahora. Se trata de un término tomado de la cibernética (la
ciencia de la organización) y fue acuñado por W. R. Ashby[2].
La diversidad de un sistema es el rango total de sus resultados (outputs), el
rango total de sus comportamientos posibles. Todos los sistemas orgánicos son
probabilísticas, es decir, producen diversidad y la flexibilidad de un
organismo (su capacidad de adaptación) es una función del monto de diversidad
que pueda generar. La adaptación evolutiva es un resultado de la interacción de
este proceso probabilístico con las demandas del entorno. Produciendo cierto
rango de comportamientos la evolución despliega un rango de futuros posibles.
El entorno, en este caso, opera como reductor de diversidad, “seleccionando”
ciertos elementos, permitiéndoles sobrevivir y filtrando a otros. Pero así como
resulta evidente que un organismo es (por su naturaleza) y debe ser (en función
de su supervivencia)un generador de
diversidad también es cierto que la diversidad no puede ser ilimitada. Es decir
que para que la evolución funcione es necesaria tanto la transmisión de identidad
como la transmisión de mutación. Dicho de otro modo, en la transmisión
de la información evolutiva lo importante no es que esta información sea
recibida de forma correcta sino también que sea recibida de forma levemente
equívoca y que las desviaciones y mutaciones que resulten útiles puedan ser
alentadas y reforzadas.
Mi tesis es que uno
de los principales intereses de la música experimental ha sido su propia
organización, su capacidad para producir y controlar la diversidad y las
posibilidades de asimilar la “diversidad natural” –el “valor de interferencia”
del entorno. La música experimental, a diferencia de la música clásica y de la
música vanguardista, no suele proporcionar instrucciones para producir
resultados altamente específicos y por ende por lo general no especifica
configuraciones sonoras repetibles en su totalidad. Es esta falta de interés en
la naturaleza exacta de la obra que ha conducido a la (en mi opinión)
errónea descripción de esta música como indeterminada. Mi intención es
demostrar que una composición experimental intenta poner en movimiento un
sistema u organismo que genere resultados únicos (es decir, no necesariamente
repetibles) pero al mismo tiempo intenta limitar el rango de estos resultados. Se
trata de tender hacia un tipo de metas más que a una meta en particular, lo
cual constituye una diferencia con el “comportamiento sin metas”
(indeterminación) que tuvo su auge en la década del ´60.
Analicemos en cierto
detalle una obra de música experimental que ejemplifica este cambio de
orientación. Se trata del Párrafo 7 de El gran aprendizaje[3]
de Cornelius Cardew. Elegí esta obra no sólo porque contiene un compendio de
técnicas organizacionales sino porque se encuentra disponible en disco (DGG
2538216). Como regla general, restringiré mis referencias a piezas de música
que hayan sido grabadas.
Es importante
destacar que esta obra puede ser interpretada por cualquier grupo de personas
(hayan estudiado canto o no). La versión grabada en disco es interpretada por
un grupo heterogéneo conformado por músicos y estudiantes de arte, y mi
experiencia con la obra está basada en cuatro performances de la obra de las
que he participado.
La partitura de
Cardew es muy simple. Fue escrita para cualquier grupo (no requiere cantantes
entrenados). Hay un fragmento de texto (tomado de Confucio) que está dividido
en 24 frases cortas, cada una de las cuales tiene entre una y tres palabras de
longitud. Bajo cada una de las frases hay un número, que especifica el número
de repeticiones de ese verso y luego otro número que indica cuántas veces debe
ser cantado de forma enérgica. La mayor parte de la obra debe ser cantada a
bajo volumen.
Todos los cantantes
tienen las mismas instrucciones. Se les solicita que canten cada línea del
texto la cantidad de veces indicadas, durando cada vez lo que puedan de acuerdo
con su respiración, en una sola nota. Los cantantes empiezan juntos a partir de
una señal y cada uno elige la primer nota de forma aleatoria, permaneciendo en
ella hasta completar las repeticiones de la primer línea.
Luego el cantante
pasa a la línea siguiente, eligiendo una nueva nota. Lo importante es la
elección de la nota. La partitura dice “Elija una nota que pueda escuchar
que esté siendo cantada por un compañero. Si no escucha ninguna nota, o sólo
escucha la nota que había estado cantando, o sólo escucha notas que no es capaz
de cantar, elija libremente la nota para la próxima línea. No cante la misma
nota en dos líneas consecutivas. Cada cantante avanza en el texto de acuerdo
con su propia velocidad.”
Una evaluación
superficial de la partitura probablemente genere la impresión de que las
performances de esta obra resultarán muy distintas unas de otras, a causa de
que la partitura parece proporcionar muy pocas restricciones precisas
(es decir, cuantificables) a la naturaleza del comportamiento de cada
intérprete y a causa de que la variable habilidad de los intérpretes no los
hace “confiables” como lo sería un grupo de músicos entrenados. El hecho de que
esto no suceda es de un interés considerable, porque sugiere que, de alguna
forma, un conjunto de controles que no están estipulados en la partitura
emergen durante la ejecución de la obra y que estos controles “automáticos”
son los verdaderos determinantes de la naturaleza de la obra.
En función de
demostrar que esta proposición no es ilusoria, describiré el modo en que la obra
podría desarrollarse si sólo las instrucciones contenidas en la
partitura afectaran su resultado final. Espero que haciendo esto pueda ser
capaz de aislar una diferencia entre esta performance hipotética y la
performance real y que esta diferencia nos dé pistas sobre la naturaleza de
estos controles “automáticos”.
Performance
hipotética. La obra comienza con
un rico acorde disonante (“elija una nota cualquiera para empezar”). Como el
punto en el cual los cantantes cambian de línea y de nota está definida por la
respiración individual (“cante cada línea todo lo que pueda de acuerdo con su
respiración”), es probable que cambien de nota en distintos momentos. La
elección de la nota está afectada por tres instrucciones: “no cante la misma
nota en dos líneas consecutivas”, “cante una nota que pueda escuchar” y si por
alguna razón esta instrucción no puede ser puesta en práctica, “elija su
próxima nota libremente”. Supongamos un grupo de veinte cantantes y que por
azar todos han elegido notas distintas al iniciar la performance. El cantante
que primero finalice la primera línea tendrá diecinueve notas entre las cuales
elegir su prisma nota. Elige una y reduce el “stock” de notas disponibles a
dieciocho. Continuando este razonamiento, uno podría esperar una reducción
gradual de las notas presentes hasta que la escasez de notas disponibles impida
que la obra continúe sin la introducción arbitraria de nuevas notas, de acuerdo
con la tercera instrucción acerca de los tonos. Con un número más grande de
cantantes el proceso de reducción podría atravesar toda la obra. Entonces, en
esta performance hipotética, la forma global de la obra consistiría en un gran
stock de notas aleatorias que va disminuyendo hasta devenir un pequeño stock de
notas igualmente aleatorias (ya que son remanentes del stock inicial o
agregados aleatorios).
Performance real. La pieza comienza con el mismo rico acorde disonante y rápidamente
(esto es, antes de llegar al final de la primera línea) se reduce a un acorde
complejo pero no ostensiblemente disonante. Luego de esto se “establece”
prontamente en un nivel particular de diversidad mucho más alto que el de la performance
hipotética y que tiende a centrarse más o menos armónicamente en torno a
una nota constante. Este nivel de diversidad es mantenido de forma más o menos
definida durante el resto de la obra. Es muy raro el caso en el que los
intérpretes tengan que recurrir a la instrucción “elija su próxima nota
libremente” y, con excepción del caso de los pequeños grupos, esa instrucción
parece ser redundante[4].
Eso es así porque siempre se están introduciendo nuevas notas en la obra, más
allá de las intenciones de los intérpretes. Y esta observación nos conduce a
prestar atención a un conjunto de “accidentes” que tiene como efecto la
reposición del stock de notas de la obra. El primero de estos accidentes tiene
que ver con la “falta de confiabilidad” en un grupo heterogéneo de cantantes.
En un extremo, es muy posible que un cantante con poco oído musical escuche una
nota y que, siguiendo la principal instrucción de tonos “cante cualquier nota
que pueda escuchar”, intentado reproducirla, cante una nota distinta. Otros
cantantes tal vez trasladen de forma inconciente la nota que escuchan a una
octava en la que les resulte más fácil cantarla o canten una nota que
armónicamente resulte un “pariente cercano” de la nota original (una tercera o
una quinta). Un evento físico enteramente externo también tenderá a introducir
nuevas notas: el fenómeno de la “beat frequency”. Una “beat frequency” es una
nueva nota que se forma al sonar dos notas cercadas. La relación de la “beat
frecuency” con estas dos notas es matemática y no armónica. Estos son los tres
modos en los que se introducen nuevos tonos en la obra.
Además de las
cláusulas “reductoras de diversidad” de la partitura (“cante una nota que pueda
escuchar”, “no cante la misma nota dos en dos líneas consecutivas”), surgen
otras durante la performance. Una de ellas tiene que ver con la naturaleza
acústica de los lugares donde la obra se está interpretando. Si se trata de un
ambiente amplio (y la mayoría de los lugares que pueden alojar la escala en la
que esta pieza por lo general se ejecuta son grandes), entonces es muy probable
que tenga una frecuencia resonante. Se trata de la frecuencia en la cual
el lugar resuena. Esto, en la práctica, significa que una nota que suene a
determinada amplitud en un lugar cuya frecuencia resonante se corresponda con
la frecuencia de la nota sonará más fuerte que cualquier otra nota en la misma
amplitud. Dada una situación en la cual un número de notas suenan a más o menos
la misma amplitud, la que se corresponda con la frecuencia resonante del lugar
sonará más fuerte que las otras. En Párrafo 7 esto crea una probabilidad
estadística de que la obra se centre en una nota definida por la influencia del
entorno. Esta podría ser la nota continua a la cual hice alusión antes.
Otra importante
operación reductora de la diversidad es la preferencia (el “gusto”). Dado que
los intérpretes están con frecuencia en una situación de poder elegir entre un
rango amplio de notas, sus propias historias culturales y predilecciones serán
un factor importante a la hora de elegir cuáles elementos del stock deciden
reforzar (y, por ende, cuáles eligen filtrar). Esto implica también otra cosa;
es extremadamente difícil, salvo que uno sea una persona carente de oído
musical (o un cantante entrenado), mantener una nota que resulte muy disonante
con respecto a su entorno. Por lo general uno ajusta la nota de forma casi
involuntaria de manera que sostenga algún tipo de relación armónica con las
notas circundantes. Esto explica porqué el primer acorde disonante se reduce
tan rápidamente.
En resumen, la
generación, la distribución y el control de las notas en esta obra son
gobernados por:
§una instrucción
específica (“no cante la misma nota en dos líneas consecutivas”)
§una instrucción
general (“cante una nota que pueda escuchar”)
§dos factores
fisiológicos (carencia de oído musical y transposición de octavas)
§dos factores físicos
(beat frequency y frecuencia resonante)
§un factor cultural
(la preferencia)
Existen además otros
parámetros de la obra (en particular, la amplitud) que son controlados de forma
similar y pueden ser sometidos a las mismas técnicas de análisis y es posible
que los aspectos relacionados con la respiración determinen su característica
más importante –su calma y tranquilidad meditativas. Pero lo que he mencionado
más arriba debería ser suficiente para indicar que lo que tiene lugar es algo
muy distinto de las técnicas compositivas clásicas: el compositor, en lugar de
ignorar o pasar por alto la diversidad generada por la performance, ha
construido una obra en la que esta variedad es realmente la sustancia de la
música.
Tal vez la
descripción más concisa de este tipo de composición, que caracteriza a una gran
parte de la música experimental, podamos encontrarla en una afirmación
realizada por el teórico de la cibernética Strafford Beer: “En lugar de
intentar especificar con todo detalle, uno especifica sólo a medias. Luego uno
dirige la dinámica del sistema en la dirección deseada.”[5]
En el caso de la obra de Cardew, la “dinámica del sistema” es la interacción
con el entorno físico, psicológico y cultural que rodea a la performance.
El compositor inglés
Michael Parsons nos proporciona otra mirada sobre este tipo de composición:
La idea de que una actividad que sea realizada de forma simultanea por un
número de personas, de forma de que cada uno la realice de unmodo levemente distinto hace que la “unidad”
devenga “multiplicidad”. Esto permite una forma muy reducida de notación –sólo
es necesario especificar un procedimiento, ya que la diversidad provendrá de
las diferencias en las cuales cada cual lo lleve adelante. Se trata de un
ejemplo de uso de “recursos ocultos” entendiendo por ellos a las diferencias
individuales naturales (en lugar de los talentos o las habilidades) que son
completamente pasadas por alto en la música clásica, pero no en las músicas
folklóricas[6].
Esta tendencia hacia
el uso de la diversidad natural como recurso compositivo puede reconocerse en
la obra 1-100 (Obscure 6) de Michael Nyman. En esta obra, cuatro
pianistas tocan la misma secuencia de cien acordes, descendiendo lentamente por
el teclado del piano. A cada intérprete se le indica que pase al siguiente
acorde sólo cuando no pueda escuchar su acorde anterior. Dado que esta decisión
depende de un número de variables (el volumen con el que el acorde fue tocado,
qué tan buena es la audición del pianista, de qué tipo de piano se trata, en
qué punto se decide que el acorde no es audible), los cuatro pianistas
rápidamente se desincronizan. Lo que sucede luego es que se forman delicadas y
únicas texturas compuestas por hasta cuatro acordes distintos, o surgen rápidas
secuencias de acordes seguidas de largos silencios. Este es un uso elegante de
la técnica compositiva descripta por Parsons y no deja de ser importante que,
como en el caso de la obra de Cardew, sea extremadamente bella de escuchar.
Esta clase de
composiciones tiende a crear un desplazamiento perceptual en el oyente que
resulta tan significativo (y concomitante con) el cambio composicional. Es
interesante que, en las versiones grabadas, ambas obras tengan finales en los
cuales el volumen de la grabación va descendiendo gradualmente hasta llegar al
silencio (“fade out”) (la obra de Cardew tiene además un comienzo gradual
(“fade in”)). Esto implica que las obras continúan fuera del campo de audición
del oyente. Hasta el momento, sólo el rock ha realmente utilizado el valor
compositivo del “fade out”: estas obras lo utilizan como una conveniencia en el
sentido de que ambas son demasiado extensas para entrar en un lado de un lp.
Pero se trata de una técnica muy apropiada para mantener la cualidad general de
estas obras ya que indica una característica importante que comparten con otras
composiciones de música experimental: que la música es una sección de un
hipotético continuum que no es particularmente direccional: no exhibe un
“progreso” fuerte que, partiendo de un punto (posición, tema, afirmación,
argumento), concluya en una resolución. Para verificar la validez de esta
afirmación, imaginemos una finalización con “fade out” en el medio de la Novena
Sinfonía de Beethoven. Gran parte de la energía de la música clásica proviene
de su movimiento de una idea musical a otra – tema y variación- y este
movimiento es direccional, en el sentido de que la historia y los probables
futuros de la obra tienen cabida en la percepción de lo que uno está escuchando
en cada momento presente.
La música
experimental, por su parte, ha ido interesándose en la permutación simultánea
de un número limitado de elementos en cada momento dado, así como en la
relación de una cantidad de puntos en el tiempo. Yo creo también que ha tendido
a reducir los lapsos temporales en los cuales una idea compositiva se
desarrolla; y esto ha conducido al uso de formas cíclicas, como en el caso de Jesus
Blood Never Failed Me Yet de Gavin Bryars. (Resulta interesante que esta
obra, Párrafo 7 y 1-100 estén basadas en “material encontrado” y
que en cada caso el foco de atención del compositor haya estado localizado en
el modo de reorganizar dicho material. Hay una libertad compositiva
especial en esta situación.)
Mi intención no es
suscribirme a la idea de que la historia del arte consiste en una serie de
dramáticas revoluciones en las cuales una concepción derroca a otra. Establecí
algunas distinciones entre las técnicas clásicas de composición y las
experimentales, y entre los distintos modos de percepción alentados por estas
técnicas, pero no por ello estoy planteando que el desarrollo de una posición a
la otra consista en una simple progresión ascendente. Describí las
características de estos dos tipos de música como si fuesen mutuamente
excluyentes cuando, en realidad, prácticamente cualquier obra que consideremos
presentará una combinación de aspectos de ambas orientaciones.
La posición que
intento defender es la idea de que el desarrollo musical consiste en un proceso
de generación de nuevos híbridos. Por ejemplo: sería posible proponer una
“escala de orientaciones” donde, en el extremo derecho uno colocase una
etiqueta en la que pueda leerse “tendencia a reducir la diversidad durante la
performance” y en el extremo izquierdo una etiqueta en la que se lea “tendencia
a alentar la diversidad durante la performance”. Sería muy difícil encontrar
obras que ocupen las polaridades extremas de esta escala y, sin embargo, no es
complicado situar distintas obras en diferentes puntos de dicha escala. Una
sonata clásica, aunque sea sólo por las limitaciones de la notación musical,
permite cierta diversidad[7].
Por otro lado, la mayor parte del azar de la música aleatoria (sea lo
que sea lo que este término signifique) está constreñido en su rango por todo
tipo de factores, comenzando por las leyes de la física. De modo que podríamos
colocar la obra de Cardew hacia la izquierda, pero no tanto como, por ejemplo,
las improvisaciones del free-jazz. Una escala de este tipo no nos dice demasiado
sobre la música que situamos en ella, pero su función es recordarnos que
pensemos en términos de híbridos más que en términos de discontinuidades.
Hechas las reservas
acerca de la polarización de las ideas musicales en dos campos opuestos,
querría ahora describir dos estructuras organizativas. Mi argumento no es que
la música clásica responde a una de estas estructuras y la música experimental
a la otra, sino que se trata de dos grupos de híbridos que tienden hacia una de
las dos estructuras. En un extremo, entonces, encontramos un tipo de
organización: una estructura rígidamente estratificada según las habilidades
que se mueve de forma secuencial a través de un entorno considerado pasivo
(estático), dirigiéndose hacia una resolución definida y especificada con
anterioridad. Este tipo de organización considera al entorno (y a su
diversidad) como un conjunto de emergencias e intenta neutralizar o ignorar
esta diversidad. Los observadores son alentados (basándose tanto en el
conocimiento de la estratificación del sistema como en los grados diferenciales
de libertad concedidos a las distintas partes de la organización) a dirigir su
atención hacia los estratos superiores. Se les otorga la impresión de que
existe una jerarquía de valores. La organización se siente como una máquina
eficiente: opera de forma precisa y predecible en la ejecución de un tipo
determinado de tareas. No posee capacidad de autoestabilización y no puede
asimilar fácilmente los cambios o las emergencias de nuevas condiciones en el
entorno. Y aún más, requiere de una clase particular de instrucciones para
poder operar. En la cibernética, este tipo de instrucciones se denominan
algoritmos. La definición del término que propone Stafford Beer es “un conjunto
exhaustivo de instrucciones para alcanzar una meta determinada”; por lo tanto
el enunciado “doble a la izquierda en el semáforo y camine veinte metros” es un
algoritmo, del mismo modo que “toque un Do sostenido durante una corchea
seguido de un Mi durante una semicorchea”[8].
Resultará evidente que ese tipo específico de estrategias podrán ser utilizadas
sólo cuando preexista un concepto preciso de la forma (o la identidad, o la
meta o la dirección) deseada, y cuando se asuma además que dicho concepto es
estático y singular.
Proponer un tipo de
organización opuesta a la anteriormente descripta no tendría sentido, ya que no
podríamos llamarla organización: sea lo que sea lo que dicho término
connote, deberá incluir cierta idea de restricción y cierta idea de identidad.
Por lo tanto lo que ahora describiré es el tipo de organización de ciertos
sistemas orgánicos cuyas características más importantes se asientan en este
hecho: los entornos cambiantes requieren de organismos adaptativos.
La relación entre un
organismo y su entorno es compleja y sofisticada, y su análisis pormenorizado
excede a este artículo. Será suficiente decir que un organismo adaptativo
deberá contar con mecanismos internos de monitoreo (y ajuste) de su propio
comportamiento en relación con las alteraciones del entorno. Este tipo de
organismo deberá ser capaz de operar a partir de un tipo distinto de
instrucciones, ya que es posible que las verdaderas coordinadas del entorno
resulten demasiado complejas para ser especificadas de antemano o que cambien
de forma tan impredecible que ninguna estrategia en particular (o plan
específico para un futuro particular) resulte útil. Este tipo de instrucciones
se denominan heurísticas y se definen como “un conjunto de instrucciones
diseñadas para alcanzar una meta desconocida a través de la exploración, con
una evaluación continua o frecuente que evalúe el progreso de acuerdo con un
criterio conocido”[9].
Para utilizar el ejemplo de Beer: si uno desea decirle a alguien cómo llegar a
la cima de una montaña rodeada de niebla, la instrucción heurística “muévase
hacia arriba” logrará llevarlo hacia allí. Un organismo que opera de este modo
deberá tener algún tipo de estructura centralizada de control y una red de
subsistemas receptivos capaces de desarrollar comportamiento autónomo. Y deberá
considerar las irregularidades del entorno como oportunidades en torno a las
cuales configurará y ajustará su propia identidad.
Lo que he tratado de
sugerir en este ensayo es una técnica para analizar la música contemporánea en
términos de su propio funcionamiento. Me he concentrado principalmente una obra
en particular porque intuyo que esta técnica podrá ser luego fácilmente
generalizada para lidiar con otras actividades. No me gustaría limitar el rango
de este enfoque a la música, si bien la música, en tanto arte social, genera
información explícita acerca de su propia organización y esto la hace
especialmente apropiada para este tipo de análisis. He analizado en el pasado
no sólo las bellas artes sino, por ejemplo, la evolución de las prácticas
deportivas contemporáneas o las tácticas militares modernas formulando el mismo
tipo de preguntas dirigidas hacia el nivel organizacional de estas actividades.
No resulta sorprendente que, a nivel de los sistemas, estos desarrollos
aparentemente tan dispares nos proporcionen analogías tan precisas entre sí.
En su libro Man´s
Rage for Chaos Morse Peckham escribe lo siguiente: “El arte es la
exposición de tensiones y problemas en un mundo falso, de mood que el hombre
pueda resistir su exposición a las tensiones y problemas del mundo real”[10].
A medida que aumenta la diversidad del entorno tanto en tiempo y espacio y las
estructuras pensadas para describir el funcionamiento del mundo se vuelven cada
vez más inoperantes, otros conceptos de organización deberán emerger y
activarse. Estos conceptos se basarán en una lógica del cambio más que de la stasis
y en una lógica de la probabilidad más que de la certeza. Creo que el arte
contemporáneo prefigura ciertas sensaciones propias de este enfoque.
[traducido por poiesis traducciones
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]
[1] Esta estratificación es altamente desarrollada en la
música clásica de la India, donde la tamboura juega el rol de soporte de la
cítara. Creo que no es una coincidencia que la sociedad en dicho país muestre
la misma rígida definición de los roles en el sistema de castas.
[2] W. R. Ashby, Una introducción a la cibernética (1956,
reimpreso, London University Paperbacks, 1964)
[3] Cada párrafo de la obra corresponde a un párrafo del
clásico texto de Confucio del mismo nombre.
[4] Hay varias instrucciones en la partitura que parecen
redundantes; por ejemplo, todas aquellas que conciernen al líder prácticamente
no producen ningún efecto en la música.
[5] Stafford Beer, Brain of the Firm: The Managerial
Cybernetics of Organization (London: Allen Lane, 1972), p. 69.
[6] Michael Parsons, citado por Michael Nyman, Experimental
Music – Cage and Beyond (London: Studio Vista, 1974).
[7] Es interesante observar que el sonido de una orquesta de
cuerdas es el resultado de las pequeñas variaciones de afinación, timbre y
vibrato. Esta es la razón por la cual las simulaciones electrónicas de las
cuerdas todavía no han resultado demasiado exitosas.
[10] Morse Peckham, Man´s Rage for Chaos (New Cork:
Schocken Books, 1967). p. 314.
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